sábado, 25 de mayo de 2013

Viaje laboral

Un texto algo ácido.
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El texto fue una válvula de escape para dejar atrás los tragos amargos de un viaje laboral, no voy a negar que me divertí y que -supongo yo- aprendí cosas tanto laborales como personales, que son oportunidades únicas que hay que aprovechar. Personalmente éste viaje -el primero de éste tipo para mi- me sirvió mucho para conocerme, salir de la rutina y ver hasta dónde soy capaz de llegar como profesionista y persona. Me faltan muchos así, me faltan más experiencias de éstas que vendrán con el tiempo. Dejo éste texto como una parte de mi que no se supo adaptar al cambio pero trató de sobrellevarlo.
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La alarma del despertador te hizo abrir los ojos casi de inmediato, sabes perfectamente que no estás en casa pues el techo que diario acostumbras ves es ahora un cielo raso con una hélice que tiene en el centro un foco y de la cual cuelgan dos cadenas delgadas. Bostezas, con nostalgia cuentas los días que faltan para volver a casa, algo adormilado te incorporas en la orilla de la cama, enciendes la lámpara que descansa en la mesita de madera que está junto a la cama y consultas la hora en el celular. –Maldición.-exclamas, ya pasaron diez minutos y no has podido ir a la ducha que está a unos cuantos pasos, ni siquiera hay que salir de la habitación, la única ventaja de los hoteles. Calzas las sandalias, te das una ducha, lo único que se escucha es el silencio que viene de los pasillos del hotel, a estas horas de la mañana la mayoría duermen.
Enciendes el aire acondicionado, el calor es insoportable, las gotitas de sudor empiezan a agolparse en tu frente. Sabes perfectamente que tienes que bajar a desayunar. Sales con calma, aún hay tiempo, el chofer de la compañía pasará por ti en unos cuarenta minutos y no tienes prisa por dejar ordenada la habitación, otra ventaja de los hoteles.
Sales del elevador, el clima en el comedor del hotel es frio, alguien tuvo la brillante idea de encender el aire acondicionado; te encuentras con extranjeros y otros mexicanos que como tú están viajando por negocios más que por diversión propia. Tomas un plato, te sirves del menú –del que te hartarás al tercer día- y un poco de leche, el café sabe espantoso. Medio desayunas, todo sabe a guardado, a alimentos congelados y además el estómago está lleno de nervios. Te armas de valor y ves la hora, cinco minutos para salir del hotel e irse a la refinería.
La camioneta te está esperando en el estacionamiento de visitantes, subes, saludas al chofer amablemente, y arranca, se adentra en la carretera, observas el paisaje, aún es temprano y el sol sigue escondido, las nubes cubren los cerros y no hay muchos autos en la carretera. Quieres tomar alguna foto pero el sueño te vence, apenas puedes tener los ojos abiertos, bostezas, tomas agua, tienes que despertar antes de llegar.
Entras y todo es diferente, ahí no hay muchas personas que conozcas, en la puerta te esperan los residentes y algunos compañeros con los que has intercambiado palabras laborales por teléfono pero jamás los habías visto.
Saludas, te presentas, te presentan, te explican el modo de trabajar, lo qué hay que hacer, te llevan a conocer la planta; el calor empieza a hacerse insoportable, es medio día y no hay sombra donde esconderse. El estómago ahora exige comida, la cabeza empieza a dolerte. Suena el teléfono, es un mensaje, uno de tus amigos está perdido de noticias y te pide que lo veas está tarde, le respondes que no estás en la ciudad.
Las pláticas a la hora de la comida con los residentes de la obra no van más allá de quejas laborales, uno que otro chiste y planes a futuro de la empresa; tú quieres cambiar el tema pero no hay quién te de pie a hacerlo, prefieres guardar silencio y sonreír, consultas la hora. Menos de tres horas y regresas al hotel, por lo menos ahí puedes descansar.
Con los pies adoloridos por las botas de trabajo y el cansancio en el cuerpo llegas al hotel, lo primero que haces es aventar los zapatos de seguridad, y caminar descalzo, quitarte el overol y ponerte la pijama. Te tumbas a la cama, el aire acondicionado frio a todo lo que da, lees, ves el reloj, consultas el correo, lees, hablas por teléfono y esperas a que venga el sueño. Un día menos para regresar a casa.

Yola Reyes