miércoles, 22 de agosto de 2012

Horas extras


Es media mañana cuando me doy cuenta que apenas he avanzado un poco del trabajo, desde hace ya casi cuatro horas que llegue a sentarme frente a éste monitor plano, dejo de escribir un momento en el teclado, me tallo los ojos por debajo de los lentes y estiro los brazos para desentumirme. ¡Maldita silla incomoda! pienso mientras me vuelvo a acomodar y a fijar la vista en la pantalla, allí donde se refleja la hoja de cálculo o el reporte de texto, o un portal para exportar datos; según la hora, el orden de éstas tres cambia. Cinco o diez minutos han pasado desde que me reacomodé en la silla, con una mano en el mouse hago cambios en la pantalla y con la otra tecleo comandos que muchas veces parecen ya estar programados en mi, de vez en cuando reviso que la información sea la que corresponde. Veo el reloj de la computadora, ya medio día, el sol debe estar en su punto o estará nublado, no lo sé, aquí solo tengo vista a un largo pasillo que a ambos lados tiene… sí, más oficinas, ventanales enormes por los que alcanzo a ver personas, escritorios, ordenadores, papeles, archiveros, impresoras, copiadoras, una que otra cafetera o taza abandonada a  su suerte porque su dueño está, como yo, sumido en archivos electrónicos; y así pasa todos lo días, pasan las horas y continúo trabajando en esta rutina que parece que nunca va a terminar o si termina, lo hará una o dos horas después de la “hora oficial” de salida, siempre pasa lo mismo, pienso algo desesperado, alejando mis manos del teclado y buscando en el cajón del escritorio un dulce, un chocolate o algo que me haga despertar, azúcar, necesito azúcar, me digo abriendo una barra de chocolate y dándole la primera mordida; giro lentamente mi cabeza hacia los lados, mis compañeros, colegas y otros empleados están inclinados sobre sus computadoras, se escucha un sonido rítmico, el teclear de todos, pareciera que todos lo hacen al mismo tiempo, a la misma velocidad, de vez en cuando un estornudo, una queja, un suspiro o algo que interrumpe aquel sonido. Termino mi chocolate, guardo la envoltura entre las hojas de mi libreta, no sé por qué, ha sido una manía mía desde que tengo memoria. Una vez que me siento un poco más animado, vuelvo a mi trabajo, a capturar datos, a generar reportes, a tomar decisiones, a hacer llamadas, a mandar correos y tantas cosas que muchas veces ni siquiera pienso, algunas veces hago pausas para tomar agua o acomodarme los lentes que se me resbalan por la nariz. ¡Las tres de la tarde!, exclama alguien rompiendo el silencio y haciendo que todos salga como de un mundo distinto; es hora de la comida.

Hace ya dos horas regresamos de comer, fuimos al comedor, es cierre de semana, de mes, de año, no hay tiempo ni para ir por un café a la máquina que está en el pasillo, el trabajo debe estar listo, sigo sentado, en la misma posición que tenía antes de irme, mis manos teclean cada vez más rápido, y mis ojos tienen una coordinación casi perfecta con la pantalla al momento de revisar los datos. Suspiro, han pasado ya casi cuarenta minutos desde que debí salir, y el trabajo sigue sin terminar, nadie se ha movido o si quiera ha mencionado irse, todo están concentrados apurados por terminar su trabajo, terminar por hoy ésta rutina. Aún faltan un par de reportes, y acelero la velocidad, intento que incluso la computadora sea más rápida, no quiero perderme el ocaso, quiero ver al menos unos minutos el sol, ése astro que cuando me levanto aún sigue oculto.


Yola Reyes (Agosto 2012)